Alexander Calder, joyero, …

Alexander Calder (Pensilvania 1898 – Nueva York 1976), es el primogénito de la pareja formada por Alexander Stirling Calder, escultor y Nanette Lederer Calder, pintora; su abuelo también trabajó como escultor y es en este ambiente familiar, de taller, donde el joven Alexander toma contacto con las artes plásticas para llegar a ser una de las figuras capitales de la escultura del s. XX. El inventor de los móviles, precursor de la escultura cinética.

Animado por sus padres, que conocían perfectamente lo complicada que podía llegar a ser una carrera artística, estudió ingeniería mecánica como medio más seguro y lucrativo para su futuro, aunque no con demasiada ilusión y a la primera oportunidad se matriculó en una escuela de arte en la ciudad de Nueva York.

Comenzó a hacerse famoso en su país de origen y en París (ciudad a la que se mudó en 1926 y en la que viviría muchos años) gracias a sus esculturas de alambre y madera.

Estos primeros trabajos experimentales le servirían más tarde como guía para sus futuras y más notables creaciones, los móviles.

Sin embargo, además de los móviles, los stabiles, sus esculturas a gran escala, Calder realizó obra gráfica, juguetes y joyas desde su particular y aventajada formación escultórica, que obtuvieron muy buena acogida cuando se expusieron por primera vez en 1938, cosechando mucho éxito entre el público bohemio de los años cuarenta.

Calder era también conocido por sus pequeños móviles, que a menudo eran más pequeños de 10 centímetros, como por ejemplo la pieza titulada Louisas´s 43rd Birthday Present de 1948 y contenidas en una caja de madera de un tamaño no mayor que una de puros. 

Una de las obras más caras que Calder vendió en una subasta fue Poisson volant (Pez volador) de 1957, que se vendió en Christie’s en el año 2014 por un valor asombroso de más de veinte millones de euros. La pieza se estimaba que se vendería entre 7 y 9 millones.

Como decimos, Calder, gracias a su dominio del material y de la técnica asociada, se prodigó en otra forma de arte: la joyería.

En 1930, Calder crea un anillo muy simple, con forma de espiral, para la que sería su futura esposa Louisa James. Este suceso marca el comienzo de la elaboración de joyas para su musa, incluyendo broches, collares, pendientes y anillos de todo tipo. Mantuvo el mismo enfoque artístico y creativo que para sus móviles, ya entonces considerados “verdaderas” obras de arte. 

A lo largo de su vida, Calder produjo joyas para sus amigos íntimos, familiares o para su entorno, la mayoría fueron regalos, a menudo diseñadas para una persona particular, o inspiradas por alguien en concreto y ocasionalmente usaba las iniciales del destinatario; elaboró, según las diversas fuentes, aproximadamente entre 1800 y 2000 piezas de joyería con hilo de latón, cobre (un metal fácil de obtener durante la guerra),plata y, excepcionalmente, en alguna ocasión, oro, aunque prefería materiales que no fueran preciosos; a menudo empleaba objetos encontrados en la playa, como pequeños fragmentos de vidrio, porcelana, cerámica y madera, con motivos geométricos, espirales y zigzags o inspiradas en la naturaleza, metal martillado y doblado.

Todas las piezas de Calder eran únicas y hechas a mano. La innovación de Calder en el mundo de la joyería fue que nunca usó soldadura: todas las fijaciones y accesorios fueron hechos con piezas de plata doblada, latón y, las uniones mediante nudos o lazos.

Alexander Calder evitó los materiales excesivamente nobles o preciosos para sus creaciones. Como dice Alexander Rower, presidente de la Fundación Calder, el uso de materiales humildes por parte de Calder era intencional, ya que pretendía que:

“cualquiera puede adornarse con hermosos objetos, no tienen que ser piezas con incrustaciones de diamantes o ser valiosos”.

Con éste espíritu, Calder ideó la mayor parte de sus pendientes, pulseras y tocados, hasta sortijas, broches, collares y colgantes en materiales no preciosos, hilo de latón martilleado trabajado en cintas o en hilos, o labrado en arabescos, en anillas entrelazadas, en espirales, fabricadas con alambres de plata o latón, de grandes dimensiones y que no necesitaban el uso de piedras preciosas o gemas, y aunque muy originales, a veces resultaban difíciles de llevar.

Son diseños muy modernos y actuales, y que impactan por la época en la que fueron pensadasya que se estilaban formas mucho más rígidas y tradicionales. Son joyas “no preciosas” para mujeres de vanguardia y rompedoras.

“Quiero hacer cosas que sean divertidas de ver, que no tengan ningún valor de propaganda”

Alexander Calder y Selden Rodman en Conversaciones con artistas (Nueva York, 1957).

Algunos de los receptores de estos regalos fueron: Joan Miró, con quien mantenía una excelente relación, Jeanne Rucar, esposa de Luis Buñuel, Georgia O’Keeffe, leal a su broche, Simone de Beauvoir, Anjelica Huston, Imogen Cunnigham, Brooke Shields o su amante Peggy Guggenheim; ésta última, la mayor coleccionista de arte de la historia, la gran dama del surrealismo, llegó a decir orgullosa:

“No solo soy la única mujer del mundo

que duerme en una cama de Calder, sino también

la única que lleva sus grandes pendientes móviles”

Aunque Calder consideraba sus joyas como una fuente de ingresos, sus piezas no eran especialmente caras. En los años 30, sus broches costaban alrededor de 19 libras esterlinas equivalente a unos 350 euros actuales. En muchas ocasiones le ofrecieron que sus joyas fueran producidas en serie, lo que rechazaba rotundamente.

En definitiva, recorriendo la prolífica, multidisciplinar y muy interesante obra de Calder, en cualquiera de las disciplinas por las que transitó, en mi opinión, y tirando de intuición y percepción, queda claro, patente y manifiesto que disfrutaba elaborando todas y cada una de las piezas, que absorto en su universo de infinitas constelaciones y circenses personajes se pasaba las horas, los meses y los años, que transmiten pasión, autenticidad y criterio, el suyo, el inimitable y personalísimo que le define, el de toda una vida en la “pelea” de las formas, los tamaños, los volúmenes, los colores, el movimiento y por extensión, esa cuarta dimensión que le hizo célebre, que precisa y curiosamente hacen de sus obras piezas universales y atemporales.

Más Información http://calder.org

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